La inundación

 Cierta vez don Juan, el zorro, se había echado a dormir la siesta a la sombra de un sauzal, frente al río. Se despertó y quedó pasmado. Se veía la creciente con toda su furia. El río desbordado lo había dejado en un pedacito de tierra. El agua lo rodeaba por todas partes. La inundación lo agarró dormido, sorpresivamente.

   Y estaba don Juan, rodeado de agua, mirando el “camalotaje” que pasaba flotando.

  -Ojalá -decía-apareciera un alma caritativa que me sacara de este aprieto.

   Así estaba pensando cuando vio asomar agua bajo los ojos y la punta del hocico de un yacaré.

  -¡Epa, amigo!-le dijo-.¿Por´qué no me da una manito? Aunque no sé quién es usted-

   Entonces el yacaré sacó la cabeza y le contestó:

  -José Paredes, mi amigo.

  -¡Ah don José Paredes!- dijo el zorro -.¡ Correntino bravo ! ¿Por qué no me sacas de este aprieto

   El yacaré se acercó al islote donde estaba don Juan y le dijo:

  -Subí, amigo, en mi lomo, que te llevo a tierra firme.

   Pero en realidad, la intención del yacaré era ahogar al zorro para después comérselo.

   Don Juan pegó un brinco sobre el lomo del yacaré y éste empezó a nadar a flor de agua. Iban así, callados, hasta que el zorro se dio cuenta de que el yacaré se hundía poquito a poco, y cuando sintió que el agua le mojaba las caderas dijo :

  – ¡ Ah, don Juan Paredes! ¡Con razón mi hermana te quiere tanto!

   El yacaré, que no esperaba esta declaración, le dijo:

  -¿Tu hermana?

  -Si, mi hermana-le contestó don Juan.

  -¡Y está linda tu hermana! -dijo el yacaré. Y después, como haciéndose el distraido, volvió a preguntarle:

–¿Y qué dice tu hermana de mi?

  -Ah-contestó enseguida el zorro- , siempre me sabe decir:

“Este don Juan Paredes, mozo lindo, ojitos brillantes, dientes de marfil, que sabe enlazar y que, va por el río, parece una embarcación”.

   El yacaré empezó a hincharse de orgullo y cuanto más se hinchaba, más flotaba y mássalía a flor del agua.

  -¡Ajá! ¡Qué bueno!…¿Y eso te comenta? ¡´Qué bueno!

Y ya no cabía en su propio cuero de tan hinchado que iba el vanidoso yacaré, mientras el zorro, lo más orondo en el lomo, ya ni se mojaba las patas.A esta altura de la conversación, don Juan vio que se encontraba muy cerca de la costa y, calculando la distancia, pegó un salto.

   Don    José Paredes tan asombrado estaba que se desinfló de golpe y se hundió en el agua hasta dejar solamente la cabeza afuera.

   Mientras tanto, don Juan, en la orilla, se reía a no más poder. 

  -¡Qué va a decir eso de vos, mi hermana, viejo pavo y vanidoso!- le gritó desde lo seco-. Dice, si, que tenés los ojos legañosos, los dientes de perro, la cola de serrucho, las patas chuecas, y que cuando vas por el río parecés un tronco que se lleva el agua.

   Y se fue tranquilo, con las orejitas paradas, la cola esponjada de gusto y riendo de su diablura que lo ayudó a salvar el pellejo.

   Mientras tanto, el pobre yacaré se hundía para esconder su vergûenza ante la astucia de don Juan.

                                                                                                Cuento folclórico argentino.

         

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